domingo, 18 de agosto de 2019

El camino más corto.



«El camino más corto para encontrarse uno a sí mismo da la vuelta al mundo». Diario de viaje de un filósofo. Hermann Keyserling. 


Este libro lo compré en 2016 de segunda mano y me costó la «friolera» de 30€. A mí «se me va la cabeza» cuando se trata de buscar leyendas hechas papel y es que, me habían hablado tanto de este libro mítico, que cuando lo encontré a un precio razonable no pude resistirme. En 2016 estaba descatalogado, era muy difícil encontrar ejemplares de segunda mano por menos de 50€ por lo que, al final, fue una ganga. La fortuna actual, para quien quiera leerlo, es que Ediciones B lo ha reeditado y lo puedes encontrar por unos 12€.  Y yo te aconsejo que no lo dudes y te hagas con uno; El camino más corto debe de estar en todas las bibliotecas y librerías, y te cuento, en mi opinión, el porqué. 

Un mito del periodismo español.


Manu Leguineche (1941-2014) es uno de nuestros periodistas y reporteros de guerra más icónicos. Estuvo en los grandes conflictos de nuestro tiempo, y no solo en los grandes, si no también en aquellos de los que no se habla apenas. Quiso conocer de primera mano los pueblos, las gentes, y embadurnarse de su cultura y de su forma de vivir. Falleció a causa de un cáncer en 2014 a los 72 años.  

Con 23 años se enroló en la Trans World Record, hablamos de 1965. Junto con otros cuatro compañeros se trazaron el objetivo de dar la vuelta al mundo en 4x4 y batir la marca anterior de 33.790 km. Y lo consiguieron, aunque eso, al final, casi es lo de menos. El periodista, más de una década después de aquella aventura, decidió escribir este libro que se publicó por primera vez en 1978.  


Manu Leguineche en la expedición.


Un mundo en guerra.


«El panorama es el siguiente: ahora mismo hay guerra abierta en 35 países, lo que coloca en armas a 38 millones de hombres. Y, aún más importante, los desórdenes y disturbios se suceden en 29 de los 34 países situados en nuestro camino (...)». 

Así hablaba el jefe de la expedición, Harold Steven, para ilustrar a sus compañeros sobre la situación en la que se encontraba el recorrido. Mientras yo leía, tenía la impresión de que este mundo siempre ha estado y estará en guerra. Un párrafo me llamó la atención: 

«Llevamos la violencia en la sangre, la ley del más fuerte, el estigma del miedo. El miedo, la opresión, el falso orgullo. Ese es nuestro triángulo maldito». 

Si bien estas palabras iban dirigidas a la población camboyana, no puedo dejar de pensar que es aplicable al globo terráqueo en su conjunto y a la mayor parte de la historia de la humanidad. En su recorrido llegaron a Alejandría, a Damasco, a El Cairo, a grandes ciudades milenarias que habían sido invadidas, una y otra vez, por distintos imperios, llegando a nuestros días. Mi impresión es que, desde los tiempos de Alejandro Magno (incluso antes), la ambición humana no ha cambiado en lo más mínimo. El ser humano sigue queriendo más y más: más riqueza, más territorios,... Más, más y más. 



Algunas fotos de la expedición.


Estos cuatro aventureros tuvieron la oportunidad, para bien o para mal, de conocer algunos de los eventos que marcaron nuestra historia, conocieron países nacientes y otros que ya no existen como tales. Manu tuvo la fortuna de entrevistarse con grandes personalidades como Indira Gandhi o el Dalai Lama. Además, contemplaron monumentos ya desaparecidos como los Budas de Bamiyan. 

Después de cruzar el norte de África, sobrevivir al calor, al desierto, a los robos, etc. conocieron Persia, Irak, Afganistán, Pakistán. Alcanzaron la India, donde los expedicionarios se separaron y comenzaron a vivir unos meses a solas. Manu también se enamora del sudeste asiático donde se convierte en vendedor de vitaminas, intenta atrapar a un tigre o, también, quizás, conoce el amor. 

Un libro irrepetible.

Siendo sincera, en mi primer ataque al libro no pude continuar, no era el momento, quizás demasiados datos. Esta semana, entre tardes de ventilador y chapuzones en la piscina, nos hemos acompasado tan bien, que la lectura ha fluido y me he dado una vuelta por el mundo y por momentos históricos que no he tenido la oportunidad de conocer. La lectura de libros así te hace viajar a países al alcance de unos pocos, volver al pasado para comprender el presente y, supongo, que el futuro; estar delante de grandes personalidades, de convivir con otras culturas y contemplar otros paisajes; de conocer nuestro planeta, la riqueza de la naturaleza, de las distintas visiones del mundo... Y entender que formamos parte de una misma realidad. 

Para acabar el libro, Al Podell, uno de los miembros de la expedición, le hace una pregunta a Manuel Leguineche que hoy nos debería conducir a una profunda reflexión:

«¿Qué te parece si repetimos el viaje en 1980, a los quince años de aquello?¿Habrá cambiado el mundo?¿Habremos cambiado nosotros?». 

Para no destriparte el libro, no te diré lo que le responde el periodista español. Pero si la pregunta fuera dirigida a mí le diría que el mundo ha cambiado mucho pero, en algunas cosas, muy poco...  Por desgracia. 


lunes, 1 de julio de 2019

Olor a rueda quemada. Un sueño cumplido.




No preguntes por quién doblan las campanas, doblan por ti.
John Donne.

Cumplí un sueño, un sueño que muchas veces pensé que no iba a suceder nunca. Me daba pudor, reparo, no quería ser moralista... Hasta que un día los pensamientos fueron: «¿Por qué no?» Y ese pensamiento cambió las cosas.

En mi libro hay muchos sueños, por que, como seres humanos, los sueños son innatos a nosotros mismos. Y hablo de TODOS los seres humanos. De la misma manera soñamos los blancos, los negros, los asiáticos, los mestizos, los mexicanos, los salvadoreños, los estadounidenses, los marroquíes, los etíopes y los que nacimos en este país. Absolutamente todas las personas tenemos sueños, proyectos, imágenes de cómo queremos que sea nuestro futuro y el de nuestros hijos.

Muchas veces somos nosotros mismos los que truncamos nuestro sueño, no nos creemos dignos o merecedores de ese éxito, nos falta confianza en nuestras posibilidades. Nos quedamos acurrucados en nuestra cama, con miedo a sacar la patita y antes de empezar ya lo damos todo por perdido. 

Otras veces son las circunstancias, las políticas, la economía, los vendavales y las tinieblas las que hacen pedazos nuestras ilusiones. A veces, incluso, podemos morir en el intento. 

En «Olor a rueda quemada» ficciono la realidad, convierto en un relato una realidad más dolorosa de lo que yo he sido capaz de reflejar con mis palabras. Me dicen que son relatos duros, que sacuden, que por qué escribo esas cosas... Sin embargo, la vida real es mucho peor y, lo siento, pero tenemos que contarlo. No podemos mirar a otra parte.

Un pequeño homenaje a un gran hombre: Yannis Behrakis.

Sinceramente, tengo algo de cobardía, me «escondo» tras el papel y la tinta para denunciar lo que otros defienden con su vida y su libertad. No tengo narices para hacer lo que ha hecho Carole Rackete, salvando, literalmente, la vida de 42 seres humanos, sin mirar a los lados, de frente, sin opciones, porque no las tenía.  Tanto Carola, como muchos otros de sus compañeros, se juegan la libertad y a veces su vida, por cumplir los sueños/derechos de otros seres humanos: el sueño de poder VIVIR, de poder comer, de poder salvar la vida, de tener una existencia segura, de poder proporcionar educación a sus hijos, de poder pasear libremente... A mí me parece que todos ellos, como todos nosotros, tienen el derecho (tenemos el derecho) de luchar por lo que simplemente se merecen. ¿O es que nosotros no haríamos lo mismo?

La imagen que inspiró el relato que da nombre al libro.

Después del viernes me invade una sensación de satisfacción, satisfacción no solo por haber cumplido este sueño, o por haber estado rodeada por tanta gente a la que quiero (que también), sino por la seguridad de que he hecho y estoy haciendo justo lo que quería. «Olor a rueda quemada» es el libro que me estaba esperando para que yo lo escribiera. Quizás nunca pueda ir al «terreno» y no pueda ayudar a la gente en un campo de refugiados o en un país en conflicto, pero, quizás, este es el camino que la vida me ofrece para ayudar a dar voz a los que se la han quitado.

En mi libro no solo hay dolor: hay amor, héroes y heroínas, poesía, mar, bondad, generosidad, y, sobre todo, mucha esperanza. Esperanza en que un mundo mejor es posible, únicamente tenemos que pensar que las campanas doblan por todos nosotros, que cualquier muerte nos afecta porque estamos ligados como humanidad... Y que debemos ponernos en marcha.

Gracias a todos por acompañarme. 


¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece?
¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla?
¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe?
¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo?
Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.
Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.
Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia.
Ninguna persona es una isla; la muerde de cualquiera me afecta, 
porque me encuentro unido a toda la humanidad; 
por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas;
doblan por ti. 
John Donne.

martes, 16 de abril de 2019

Desmontando la tiranía de la felicidad



«La salvación del hombre está en el amor y a través del amor». Viktor Frankl.


Hay amigos que en tus momentos oscuros se olvidan de ti; hay otros que te tienden la mano y te dicen: ¿Qué te parece colaborar conmigo en este proyecto? Y así fue como Miguel me tendió la mano en forma de libro y me animó a escribir a dos manos Desmontando la tiranía de la felicidad. Tengo muchas cosas que agradecerle a Miguel.

Nuestro libro (de Miguel, Adriana y mío) quiere provocar un debate en el lector. Resulta que en los últimos años está en boga la llamada «industria de la felicidad», y está bien, creo que da respuesta a un vacío existencial que muchas personas sienten en esta época de la vida. Muchos andan (o andamos) perdidos por la vida en busca de respuestas, de caminos con los que dar sentido a nuestra existencia, y esta industria ha encontrado su sitio.

El problema llega cuando este sistema culpa descaradamente a las personas de la mayoría de sus problemas. Cuando generaliza y da recetas sin individualizar los casos. Por ejemplo, me «mató», literalmente, cuando algunos gúrus de la felicidad le aconsejaban a un chico desempleado a través de Linkedin, diciéndole que el problema por el cual no encontraba trabajo estaba en su actitud, en sus pensamientos negativos,... El chico, más hundido si cabe, comentaba que llevaba años parado, que no había manera de tener una entrevista. Después de tanto tiempo, con subidas y bajadas en su estado de ánimo, ya no sabía a qué puerta llamar, pero estos consejos bienintencionados solo sirvieron para aumentar su frustración. En un país con millones de parados creo que sobra culpabilizar al que sufre cuando muchas de las variables escapan a su control. Creo que deberíamos validar su sufrimiento, acompañar y empatizar, porque a veces toca estar triste, enfadado,... Y no hay nada malo en ello.

Soy una ferviente seguidora de Viktor Frankl, su libro El hombre en busca de sentido me llegó al alma. Y sé, sin lugar a dudas, que la actitud hacia los problemas, el encontrar nuestro propósito en la vida y, sobre todo, el amor, es lo que nos salva.  Pero hay circunstancias, añadidas a las características personales de cada uno, que hacen que cada cual viva sus problemas de una forma distinta. Todos somos diferentes y nuestras circunstancias también.

Mi sueño es viajar a la India, espero conseguirlo algún día. Pero en los últimos años he tenido que posponer este sueño en pro a otros sueños o necesidades menos ambiciosas. Una amiga me dijo: «Deséalo con todas tus fuerzas y el universo te lo dará». Pues no hay manera, no debo de estar deseándolo con todas mis fuerzas o de la manera adecuada, el dinero no me llega para viajar a la India; me tendré que conformar, de momento, con pasar unos días en la playa... Y también está muy bien. Muchas veces, no por conformismo, si no por tener los pies en la tierra, lo más valioso es lo que vivimos en el día a día, disfrutar de los nuestros, de poder pasar tiempo con nuestros hijos, de valorar la salud, y tantas otras cosas que nos rodean y no apreciamos lo suficiente. Aceptar lo que tenemos es el principio de todo.

«Haz de tu vida algo extraordinario», dicen, y con toda la razón, pero no solo las vidas son extraordinarias si se gana mucho dinero, se viaja o se encuentra el amor de tu vida llegando en un flamante porche. Mi abuela crió a 8 hijos en una época muy complicada, su vida me parece extraordinaria porque dio vida a 8 personas maravillosas; de ellas nacimos 17 nietos y 7 bisnietos. Gracias a mis abuelos hay en este mundo 32 personas (y serán muchas más). Sus vidas son extraordinarias, incluso aunque a ellos no se lo parezca. Creo que es extraordinario luchar día a día contra los elementos, conseguir que tu hijo tenga una bicicleta aunque tu empresa se retrase en los pagos, poder permitirte unas vacaciones con tus hijos, este año sí, etc, etc.

Por eso, creo que nuestro libro es un libro lleno de esperanza para las vidas de los que luchan, de los que siguen adelante aunque no esté entre sus posibilidades las grandes aventuras que muchos postulan como la verdadera felicidad. Para mí «la felicidad» se encuentra en la serenidad, vivir en paz, ayudar a los demás, y disfrutar de las cosas que la vida me proporciona, como colaborar en este libro.

Espero que nuestro proyecto os lleve a reflexionar, que debatamos sobre lo que importa. Os agradezco desde ya vuestra colaboración para que Desmontando la tiranía de la felicidad vea la luz. 

Un abrazo.

PD: Podéis colaborar en la preventa pinchando aquí. ¡GRACIAS!

lunes, 4 de marzo de 2019

Irène y el asesinato de la literatura



«Mi misión es contar la historia y entonces que tú decidas qué quieres hacer. Mi misión es estar seguro de que nadie pueda decir: yo no lo sabía». Yannis Behrakis. 


Terminé de leer Suite francesa al mismo tiempo que me enteraba del fallecimiento del brillante fotoperiodista Yannis Behrakis a causa de un cáncer. Este hombre retrató con su cámara muchos de los conflictos que han asolado y asolan el mundo a lo largo de varias décadas. Cuando me enteré de la noticia sentí, irremediablemente, como Yannis e Irène tuvieron la misma misión y visión de lo que pasaba en nuestro planeta con casi 80 años de diferencia. Decidieron dejar testimonio de lo que vivían como legado para las generaciones venideras, para agitar conciencias, para, por qué no, crear un mundo mejor.  

Sin embargo, han transcurrido 77 inviernos desde el asesinato de Irène en Auschwitz y la realidad es que poco hemos aprendido, pocas cosas han cambiado. Quizás el papel con el que escribimos, los sistemas fotográficos, la forma de plasmar la realidad,... Pero la verdad es que «las tempestades» siguen siendo las mismas...

Yannis Behrakis. Albaneses huyen de los combates en Patina, cerca de Pristina.


Un libro en una maleta.

Cuando uno se sumerge en un libro no solo se adentra en una historia, si no que también se acerca al autor/a y a su propia vida. En el caso de Suite francesa es imprescindible leer sobre los acontecimientos que rodearon esta novela y a su autora. 

Suite francesa es una novela inconclusa. Fueron las ideas y los actos extremistas los que no permitieron que Irène la terminara y únicamente podamos disfrutar de la mitad de lo que ella tenía proyectado. El manuscrito de este libro sobrevivió a la barbarie encerrado en una maleta en el que viajaba protegido por las hijas de Irène y su tutora. 60 años después, las niñas convertidas en mujeres, tuvieron la suficiente fuerza para recuperarlo, y darse cuenta de que no eran simples notas de su madre. Era una novela brillante y arrebatadora. Hasta 2004, 62 años después de la muerte de su autora, no surgió de las sombras. Sobre su historia puedes leer más aquí.


Autor desconocido. Imagen del éxodo de París, 1940.

Instrucciones para sobrevivir en situaciones desesperadas.


Me habían recomendado esta joya en muchas ocasiones, pero conociendo la temática quería esperar a que mi espíritu estuviera preparado. Lo que podemos leer está dividido en dos partes: Tempestad en junio y Dolce. En la primera parte, la autora nos narra la huida de los parisinos cuando la llegada de los alemanes es inminente. A través de los retratos de diversas familias y personajes nos conduce hasta las mejores y las peores facetas del ser humano, dejándonos escenas que nos pueden servir como apoyo en situaciones desesperadas. No puedo dejar de reproducir aquí algunos de esos escenarios que han quedado grabados para siempre en mi memoria.

«Una existencia de tan angustiosa incertidumbre sólo es soportable si se vive al día, si cuando cae la noche uno se dice: "Otras veinticuatro horas en las que no ha pasado nada especialmente grave, gracias a Dios. Veremos mañana"».

«Todo era superior a sus fuerzas, de modo que sólo podía quedarse tranquilamente donde estaba y esperar».

«(...) ocurre como en la naturaleza: a un periodo de calma le sucede la tempestad, que tiene su comienzo, su punto culminante y su final, y a la que siguen otros periodos de tranquilidad más o menos largos. Por desgracia para nosotros, hemos nacido en un siglo de tempestades, eso es todo. Pero al final se apaciguarán».

De Suite francesa.
No tengo dudas de que leer estos párrafos en momentos de incertidumbre, agobio, ansiedad en situaciones difíciles, pueden ayudar a una persona a comprender que, como dice Maurice, «lo primero es vivir», incluso dejando atrás el hogar y los recuerdos.

En Dolce Irène nos sumerge en la vida de los franceses durante la propia ocupación alemana. Nos describe como los soldados nazis conviven con los habitantes del centro de Francia, e intenta que veamos más allá de los uniformes y la maldad sembrada. Me pregunto si la autora hubiera cambiado esta parte si hubiera sabido su trágico final, si hubiera intuido la nula piedad que los nazis tuvieron con ella y con su familia. Su marido también fue asesinado, dejando a dos niñas huérfanas. 

Historias que se repiten. 


No sé si en todas las ediciones ocurre igual pero en la mía aparece al final un apartado que recoge las notas de Irène sobre el proyecto que tenía en mente. Quería construirlo como si fuera una suite musical. Una de estas notas llamó poderosamente mi atención: 

«2 de junio de 1942: no olvidar nunca que la guerra acabará y que toda la parte histórica palidecerá. Tratar de introducir el máximo de cosas, de debates... que puedan interesar a la gente en 1952 o en 2052».

Sin duda consiguió su objetivo. Las reflexiones que provoca este libro, tanto por la realidad que narra (tan semejante a la que vivimos en muchos rincones de nuestro mundo en 2019) como por los conflictos emocionales y el afán de supervivencia de sus personajes seguirán de actualidad en 2052 y posteriormente.

A lo largo de la historia, además, son numerosos los casos de escritores, pintores, músicos, etc. que perecieron o sufrieron vejaciones a manos de la intolerancia y la deshumanización. 

Quería acabar esta entrada recordando el caso actual de Behrouz Boochani, periodista, refugiado kurdoiraní, detenido desde 2013 en la isla de Manus, por intentar entrar en Australia sin visa. Durante su detención ha escrito el libro Sin amigos, pero con las montañas mediante mensajes de whatsapp que enviaba a su editor. Ha sido galardonado con uno de los premios más generosos de Australia, sin embargo, no ha podido acudir a recogerlo. Sigue detenido por el mismo país que reconoce su valor literario.  Aquí tienes más información sobre este caso. Por desgracia, estoy segura de que la literatura y la creación artística seguirán siendo asesinadas y maltratadas a manos de los cobardes, de los miedosos, de las mentes reducidas y del odio al diferente. 

Por mi parte, seguiré leyendo a Irène... Permanecerá siempre como una de mis escritoras favoritas, impregnada en mi memoria y en mi alma, y no olvidaré que a pesar de todo, de las atroces que puedan ser las circunstancias, «vivir es lo primero». 


martes, 19 de febrero de 2019

Cuando ya no puedo más


Cuando ya no puedo más
es tu mano la que atraviesa la nube negra que pesa sobre mi cabeza
y no permite que la lluvia golpee mis mejillas.

Cuando ya no puedo más
tu voz rompe los barrotes de mi mente,
desmadeja mis pensamientos
y me salva de la locura.

Cuando ya no puedo más
regresas desde la claridad
para abrazarme en la oscuridad
y solo tu tacto es capaz de devolverme la cordura.

Cuando ya no puedo más
tu luz me alumbra,
me transmite tu calor
y entonces tengo la esperanza de no morir mañana.

Cuando ya no puedo más
es tu amor el que me salva,
el que me consuela,
el que no me suelta,
el que me promete que la soledad nunca me encontrará.

lunes, 11 de febrero de 2019

La mujer que leía




Aquella mujer leía a cada instante; incluso cuando no estaba leyendo, leía.

Leía en los recovecos escondidos entre las horas y el transcurrir de los días.

Leía suspendida del borde de la incertidumbre, enlazada en los recuerdos de los instantes perdidos o convertida en equilibrista de un futuro ajeno.

Leía cuando no leía, jugando con su hija, sumergida en el trabajo inhóspito que la consumía o cuando reflejaba una mirada que hacía tiempo que no era suya.

Leía sin leer, rasgando la verdura de la cena o seccionando el pan del desayuno.

Leía cuando lloraba, cuando no podía respirar, cuando dormía sin dormir, cuando amaba imperturbable o cuando sonreía inconsciente.

Leía para vivir o para morir: intacta, callada, discreta, invisible.

Leía incluso cuando se perdía en el tumulto de las palabras, entre las fibras del papel, entre la tinta y el aroma de las hojas.

Leía para volverse a ver, para recuperar su alma, reconocer sus ojos, sus labios, su voz.

Leía porque solo cuando leía volvía a encontrarse.

lunes, 28 de enero de 2019

Chimamanda o cómo no caer en los estereotipos



«Cuando rechazamos la historia única, cuando nos damos cuenta de que nunca hay una sola historia sobre ningún lugar, recuperamos una suerte de paraíso».
Chimamanda Ngozi Adichie. 


Hace ya unos cuantos años, mientras estudiaba el Máster de Ayuda Humanitaria, nuestro profesor Carlos Martín Beristain nos propuso un ejercicio. En un lado de la clase nos colocaríamos los alumnos que pensáramos que todas las personas valen lo mismo y, al otro lado, los alumnos que creyéramos que no todas las personas tienen el mismo valor. ¿Dónde te colocarías tú? ¿Dónde me coloqué yo? ¿Todas las personas tenemos el mismo valor? Han pasado unos diecisiete años y  puedo decir que, ahora mismo, no me pondría en el mismo lado en el que me situé en aquel momento...

El desgraciado accidente que ha sufrido el pequeño Julen nos ha tenido a todos agitados, inquietos, enfurecidos. Incluso mi hija no ha podido escapar de la vorágine informativa que ha supuesto este triste suceso: lo han comentado en clase, en casa ha estado preguntado por él... Una tragedia difícil de olvidar.

Sin embargo, al mismo tiempo se tiene constancia de que varias embarcaciones con niños a bordo surcaban el mar en el que nos hemos bañado infinidad de veces sin que se permita su rescate. La escritora Lucía Extebarría, que no es santa de mi devoción, explicaba claramente en este artículo este doble rasero o, si se prefiere, esta hipocresía o doble moral.

No debemos creernos una sola historia


En estos momentos vivo con Americanah de Chimamanda Ngozi Adichie siempre cerquita. En esta novela nos relata las vivencias de la joven Ifemelu a su llegada a Estados Unidos procedente de Nigeria... Contemplamos cómo es rechazada hasta llegar a poner en peligro su propia identidad.

Esta autora se ha convertido en una de mis escritoras favoritas, no solo por cómo cuenta lo que cuenta, sino por su labor y empeño en hacernos abrir los ojos. Y es que es muy peligroso creernos y asumir una única historia, una sola perspectiva (la nuestra) y no tener en cuenta otras historias, otras vivencias.



Contar una sola historia de las cosas, quedarnos con un solo punto de vista, una sola idea de la sociedad o de los seres humanos, nos lleva, irremediablemente, a construir estereotipos, generalizaciones, que no reflejan la realidad e incluso pueden causar rechazo, exclusión y marginación hacia ciertas personas.

Gracias a autoras como Chimamanda o Aminatta Forna (maravillosa su La memoria del amor) podemos conocer otras realidades de nuestra época, podemos mirar y empatizar con sus personajes, y «vivir» su existencia desde el lado que no solemos ver. De esta forma podemos acompañarlas en su misión de dar a conocer otras historias distintas pero que forman parte del mundo que compartimos. Quizás así recordemos que todos los seres humanos tenemos el mismo derecho de vivir en libertad, de buscar un futuro mejor para nuestras familias, de sobrevivir y de ser rescatados de un pozo o del mar. Y luchar para que esto cambie.

En conclusión, os invito a leer a autores de distintas procedencias para conocer diferentes perspectivas del feminismo, de la economía y, en general, de los problemas que nos acucian como humanidad. Recientemente he descubierto a la antillana Maryse Condé gracias a su Corazón que ríe, corazón que llora (delicioso compendio de relatos sobre su infancia y juventud). Y siempre recomendaré a Chinua Achebe, el enorme escritor nigeriano, y su Todo se desmorona, novela que todos deberíamos leer para comprender un poco más la realidad africana antes de la llegada del hombre blanco.

En mis pensamientos el propósito de huir de la «historia única» y que, algún día, todos nos pongamos, y con razón, en el lado del aula donde todas las personas tenemos el mismo valor.